Como la vida misma
Me encontraba reunido con unos compañeros. Hablábamos de todo, pero había un tema que prevalecía como el más concurrido en el ambiente. La opinión general defendía la tesis de que la renovación era importante para un cambio positivo. Entre comentario y comentario nos echábamos unas buenas risas. Era una tarde como otra cualquiera de otoño y afuera se veían a las hojas bailando hasta caer al suelo. El espectáculo se asemejaba a un suave vals, agitado con movimientos electrizantes de Twist. El viento sujetaba su pareja de la cintura mientras ella giraba en si misma sin despegar la mirada del suelo.
En uno de mis ejercicios de abstracción involuntaria algo paso por mi cabeza. No he conseguido razonar porque mis cables se enredaron de aquella forma, pero sucedió. Pensé que en este mundo tan delirante e incomprensible existen varios tipos de enfados, al igual que existen varios géneros de películas y de religiones. Mis enfados son de la clase “ya no te ajunto” y me sofoco. También me enfado de otras maneras como la clásica pataleta de “si a todo lo que tu digas” o “¡Pero que dices!”, pero en aquella ocasión me enfade de verdad y me sofoque. Podía tener razón o no, sin embargo el enfado estaba presente y no lo podía obviar. Concretamente me enfade con una compañera de la noche a la mañana. Para mi existía un ¿Por qué? y un ¿Cuando? que mas adelante con el paso del tiempo, exactamente después de que la tierra rodease lentamente al sol, comprendí que mis argumentos carecían de significante. El contacto con ella se desvaneció hasta el punto de convertirnos en dos extraños alojados en la misma ciudad, que no era ni muy grande ni muy pequeña. Así sucedió todo hasta una tarde en la que el sol estaba perezoso y se acostó antes de tiempo y la luna se alzo en el cielo para hacer tiempo. Aquella tarde tropezamos y estuvimos conversando como la primera vez que nos conocimos. No entendía como después de todo ese tiempo nos encontrábamos otra vez como si nada hubiese sucedido. En ese instante salte asustado por un grito en la sala, al camarero se le derramo café en una mesa y la joven que se encontraba sentada grito. Observe que el camarero y la chica se miraron y no hubo intercambio de palabras, mientras la taza yacía de una sola pieza encima de la mesa y el café no llegaba a bañarla. Sonrieron los dos y siguieron como si nada. Entonces lo comprendí todo en una milésima de segundo:
En uno de mis ejercicios de abstracción involuntaria algo paso por mi cabeza. No he conseguido razonar porque mis cables se enredaron de aquella forma, pero sucedió. Pensé que en este mundo tan delirante e incomprensible existen varios tipos de enfados, al igual que existen varios géneros de películas y de religiones. Mis enfados son de la clase “ya no te ajunto” y me sofoco. También me enfado de otras maneras como la clásica pataleta de “si a todo lo que tu digas” o “¡Pero que dices!”, pero en aquella ocasión me enfade de verdad y me sofoque. Podía tener razón o no, sin embargo el enfado estaba presente y no lo podía obviar. Concretamente me enfade con una compañera de la noche a la mañana. Para mi existía un ¿Por qué? y un ¿Cuando? que mas adelante con el paso del tiempo, exactamente después de que la tierra rodease lentamente al sol, comprendí que mis argumentos carecían de significante. El contacto con ella se desvaneció hasta el punto de convertirnos en dos extraños alojados en la misma ciudad, que no era ni muy grande ni muy pequeña. Así sucedió todo hasta una tarde en la que el sol estaba perezoso y se acostó antes de tiempo y la luna se alzo en el cielo para hacer tiempo. Aquella tarde tropezamos y estuvimos conversando como la primera vez que nos conocimos. No entendía como después de todo ese tiempo nos encontrábamos otra vez como si nada hubiese sucedido. En ese instante salte asustado por un grito en la sala, al camarero se le derramo café en una mesa y la joven que se encontraba sentada grito. Observe que el camarero y la chica se miraron y no hubo intercambio de palabras, mientras la taza yacía de una sola pieza encima de la mesa y el café no llegaba a bañarla. Sonrieron los dos y siguieron como si nada. Entonces lo comprendí todo en una milésima de segundo:
Si algo no se rompe, ¿para que pegarlo?
Con todo el cariño y mis sofocos para ti, lo siento.
